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Entre el bullicio de las grandes urbes y el manto de paz que cubre esta comarca dista sólo el deseo de evadirse de este  mundo loco.

FINALIZANDO EN EL VALLE DEL ARRAGO

Desde Gata, se debe regresar a Torre de Don Miguel, donde se enlaza con la carretera que se interna en lo más intrincado de la sierra, en el Valle del Arrago.

El primer pueblo que surge es Cadalso, testigo de los amoríos del rey Alfonso XI con Leonor de Guzmán. Las tierras que rodean a la población están regadas por el río Arrago, cuyas aguas son aprovechadas en diferentes puntos para llenar piscinas naturales y regar huertas de frutales y hortalizas.

Cadalso es un sencillo preludio a un pueblo de tan extraño y curioso nombre como Descargamaría. Al contrario de como sucedía hasta ahora en nuestro recorrido, la distancia entre ambos es más amplia de lo habitual, pero el itinerario merece la pena, pues el asfalto se abre paso por una de las zonas más hermosas de la serranía.

En la población de Descargamaría, aprovecho para darme un relajante baño en una bella piscina natural de las muchas que tiene la comarca. La localidad es famosa por sus rojos vinos, citados en “El Licenciado Vidriera”, obra de Miguel de Cervantes.

Y si la literatura se acordó de este lugar, no menos lo hace la leyenda. La iglesia parroquial está dedicada a San Juan el Hospitalario, patrón del pueblo al que, yendo de caza, un ciervo le auguró que mataría por error a sus padres. El joven abandonó su hogar, pero, aún así, no pudo evitar lo predicho. Apenado por el suceso, se retiró al margen de un enorme río para penar el crimen ayudando a los peregrinos a cruzar.

Ya para finalizar, llegamos a Robledillo de Gata, una localidad de personalidad única y que mejor conserva su arquitectura popular. Un vergel, un lugar de ensueño donde el agua mana por doquier, vertiéndose sumisamente al río Arrago. En otras palabras, la población más atractiva, romántica y pintoresca de toda la Sierra de Gata, que se encuentra oculta entre viñedos y arboledas.

En la parte alta, merece la pena visitar la iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción, de planta hexagonal, con una gran pórtico circular sobre pilastras y, en su sacristía, un artesonado mudéjar. Debajo del altar, yace un Cristo articulado que, cada Viernes Santo, es subido a la cruz.

Va oscureciendo y el sol muestra sus últimos rayos. En la lejanía de la calle principal, una pareja cogida de la mano se prepara para despedir un día más, quizás el primero de su experiencia en estas tierras extremeñas, donde el silencio es dueño y señor y la única música el brotar de sus aguas cristalinas.

Texto y fotografía de archivo: Elías Hernández Nieto “Fotelias Imagen”